Sobre Inglaterra


-¿Por qué no me lo quieres contar, abuelo?

-Porque no hay nada que contar, Isaac.

-Pero tú eres un héroe.

-¿Quién te ha dicho eso? Bueno, mejor no me lo digas... No quiero saberlo.

-Me lo ha dicho el tío.

-Te dije que no quería saberlo. Tu tío tiene la lengua demasiado larga.

-¿Me lo vas a contar?

-Ya te he dicho que no tengo nada que contarte.

-Pero el tío dice que tú luchaste en la guerra, y que te enfrentaste…

-No hay nada de heroico en la guerra, Isaac. La guerra siempre es un error. No deberían de existir las guerras.

-Pero, abuelo…

-Verás, hijo, cuando despegábamos nunca sabíamos qué iba a ocurrir. Yo era un poco mayor que tú, y tenía miedo.

-¿De qué tenías miedo? Los guerreros nunca tienen miedo.

-Sí que lo tienen, Isaac. Solo los temerarios no tienen miedo. Cuando despegabas nunca sabías si ibas a volver a aterrizar. Podían ocurrir muchas cosas, y estábamos muy cansados. Conocí a muchos pilotos que no fueron tan afortunados como yo. Al principio creían que todo iba a ser fácil, pero los ingleses no nos lo pusieron sencillo, pelearon con bravura por defenderse, y la batalla duró más de lo previsto. Había que invadir Inglaterra a toda costa, pero para eso, primero teníamos que acabar con su fuerza aérea. En Polonia y en Francia las cosas fueron bien, pero no sucedió lo mismo en Inglaterra. Salíamos al ocultarse el sol y volábamos sobre el Canal hasta llegar a las playas. Entonces nos disparaban…

-¿Te disparaban, abuelo? -Pero el abuelo ya no escucha. Tiene la mirada perdida, y una noche de humo y fuego desplegada ante sus ojos.

-Teníamos que escoltar a los bombarderos, no podíamos subir demasiado, ni ir muy rápido, lo que nos ponía en desventaja. En el combate aéreo, la altitud y la velocidad son cruciales. Cuando llegábamos, caían sobre nosotros como abejas enfurecidas. Entonces, sonaban las sirenas antiaéreas y la macabra sinfonía de las bombas que seguía al zumbido de la aviación, un enjambre despiadado que anunciaba una tormenta de silbidos y explosiones a la que se unían el fuego y los escombros. Londres era pasto de las llamas. Los almacenes y los edificios situados junto al río ardían proyectando su ígneo resplandor sobre las aguas que fluían mansas en la noche. Aquí y allá podían verse focos de fuego donde las bombas incendiarias, lanzadas por nuestros bombarderos, habían impactado causando estragos en la capital inglesa. Parecía de día. Las llamas iluminaban con tanta intensidad, reflejándose en las nubes, que a veces parecía que el sol hubiese saltado de repente la línea del horizonte para ser testigo de la estupidez de los hombres… Veinte minutos, veinte largos minutos… Los cazas no tenían autonomía para mucho más. Nuestro esfuerzo se concentraba en aguantar ese tiempo, dar cobertura a los bombarderos mientras maniobrabas para evitar ser derribado y no chocar el aire, y después poner rumbo al sur y tratar de alejarte de aquel infierno. Si lograbas regresar, permanecías en la pista, esperando, esperando a que aterrizase el último de los nuestros. Y luego… luego contabas a todos los que no lo habían conseguido.

Isaac tiene los ojos llenos de lágrimas. El abuelo lo abraza.

-¿Ves? No hay nada de heroico en la guerra, hijo.

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